Víctimas y victimarios: cómo se repite la violencia en el sistema familiar y cómo romper el ciclo.

Una mirada psicológica, filosófica y sistémica sobre el poder, las heridas, las lealtades invisibles y la responsabilidad de no reproducir el daño.
Por Yubia Valette | Vuelta de Tuerca
La violencia no siempre comienza con un golpe. A veces comienza con una idea.
«Si me cela, es porque me ama».
«En esta familia las cosas se hacen como yo digo».
«Después de todo lo que he sufrido, tengo derecho a reaccionar así».
«Yo soy así porque me hicieron así».
«Si no lo provoco, no se pone violento».
Estas frases parecen diferentes, pero pueden compartir algo peligroso: convierten el daño en algo normal, inevitable o merecido.
La violencia no siempre aparece de manera abrupta. Puede instalarse gradualmente mediante el control, la humillación, el aislamiento, el miedo, la manipulación, las amenazas o la desvalorización cotidiana. Cuando estas conductas se repiten, la persona que las sufre puede empezar a cuestionar su propia percepción, mientras quien las ejerce puede encontrar explicaciones para evitar asumir su responsabilidad.
En mi libro Vuelta de Tuerca, la invitación es a mirar aquello que suele quedar fuera de las explicaciones cómodas. No para repartir culpas indiscriminadamente, sino para comprender cómo se construyen ciertas dinámicas y qué hace falta para interrumpirlas.
Hay una distinción que debemos sostener desde el principio:
Comprender al victimario no significa absolverlo. Comprender a la víctima no significa exigirle que demuestre por qué no se fue. Y haber sufrido violencia no concede permiso para ejercerla.
1. ¿La víctima elige a su victimario?
Esta pregunta necesita una respuesta clara: una persona no elige ser maltratada, agredida o asesinada.
Preguntar por qué alguien permanece en una relación violenta puede ayudarnos a comprender los factores psicológicos, económicos, familiares y sociales que dificultan salir de ella. Pero afirmar que una víctima elige a su agresor puede convertir una búsqueda de comprensión en una acusación.
Entonces, ¿por qué algunas personas entran o permanecen en relaciones que terminan siendo dañinas?
No existe una explicación única. Entre los factores posibles están:
Haber aprendido que el amor implica sacrificarse, aguantar o demostrar lealtad a cualquier precio.
Confundir intensidad emocional con intimidad, celos con interés o control con protección.
Tener miedo a perder a los hijos, la vivienda, los ingresos, la comunidad o el vínculo afectivo.
Depender económicamente de la pareja o carecer de una red de apoyo segura.
Haber recibido amenazas contra sí mismas, sus hijos, sus familiares o sus animales de compañía.
Esperar que la persona cambie después de una disculpa, una promesa o un período de aparente tranquilidad.
Haber normalizado el maltrato porque crecieron observándolo o lo experimentaron en relaciones anteriores.
Estos factores no están presentes en todas las situaciones y no determinan el destino de nadie.
Además, una persona puede no reconocer las señales de control al comienzo. Una relación puede empezar con atención, admiración y cercanía. El aislamiento, la vigilancia, las restricciones y las amenazas pueden aparecer después, cuando ya existen vínculos afectivos, responsabilidades compartidas o dependencia.
Por eso, en lugar de preguntar únicamente «¿por qué lo eligió?», necesitamos formular preguntas más útiles:
¿Qué señales aparecieron? ¿Cuándo cambió la dinámica? ¿Qué obstáculos dificultan salir? ¿Qué recursos necesita esa persona para estar segura? ¿Quién está ejerciendo el control y quién tiene el poder de causar daño?
La responsabilidad por la violencia corresponde a quien la ejerce. Comprender las decisiones, los vínculos y las circunstancias de una víctima puede ayudarnos a ofrecer apoyo, pero no convierte esas decisiones en la causa moral del abuso.
2. El juego de roles: víctima, victimario y testigo
En una dinámica violenta pueden aparecer diferentes posiciones. Algunas personas ejercen el control; otras sufren sus consecuencias; otras observan, minimizan, justifican o guardan silencio.
A veces una misma persona puede haber sufrido violencia en una etapa de su vida y ejercerla después en otra relación. También puede intentar defenderse, buscar ayuda o convertirse en una figura protectora.
Pero debemos evitar una interpretación simplista: los papeles no son siempre equivalentes ni intercambiables.
En una relación marcada por el control coercitivo, por ejemplo, una persona puede ejercer amenazas, aislamiento y vigilancia de manera sistemática. La otra puede gritar, resistirse o intentar protegerse. Describir ambas conductas como si representaran necesariamente la misma clase de violencia borraría la diferencia entre ejercer control y responder ante una amenaza.
No basta con contar los gritos. Hay que examinar el contexto, la repetición, la intención, el poder, las consecuencias y el miedo que organiza la relación.
Una pregunta útil no es solamente «¿quién hizo qué?», sino también:
¿Quién tiene capacidad para imponer las reglas?
¿Quién teme las consecuencias de decir que no?
¿Quién controla el dinero, los movimientos, las relaciones o la comunicación?
¿Quién puede marcharse sin poner en riesgo su integridad?
¿Quién tiene que cambiar constantemente su conducta para evitar una explosión?
Mirar los roles nos ayuda cuando permite identificar responsabilidades. Se vuelve peligroso cuando convierte una situación de abuso en un simple conflicto entre dos personas igualmente poderosas.
3. El reino animal: ¿la violencia es natural?
Observar el comportamiento animal puede despertar preguntas interesantes sobre territorio, competencia, jerarquías, protección, reproducción y supervivencia.
En distintas especies existen comportamientos de amenaza, competencia, agresión, cooperación, cuidado y evitación del conflicto. Su función depende del contexto ecológico y social de cada especie.
Pero aquí aparece una trampa: creer que, porque una conducta existe en la naturaleza, debe aceptarse en la sociedad humana.
Eso es confundir lo que ocurre con lo que debería ocurrir.
Los seres humanos tenemos capacidades de reflexión, lenguaje, aprendizaje moral, creación de normas, cooperación y regulación de la conducta. También vivimos dentro de estructuras sociales que pueden legitimar o cuestionar la desigualdad.
Por tanto, observar agresión en otras especies no demuestra que la violencia de pareja sea inevitable, que el control sea una expresión de amor ni que la dominación masculina sea una ley natural que debamos aceptar.
Tampoco podemos trasladar mecánicamente los comportamientos animales a las relaciones humanas. Las especies, sus entornos y sus sistemas de comunicación son diferentes.
La comparación puede servir como metáfora para examinar la competencia, el miedo, la defensa o la pertenencia. No sirve para justificar el abuso.
Que algo exista en la naturaleza no lo convierte en una norma ética.
Si queremos comprender la violencia humana, necesitamos estudiar también el aprendizaje, las relaciones de poder, las normas de género, las condiciones económicas, las experiencias de la infancia y las instituciones que toleran o sancionan el daño.
4. La familia como sistema: lo que se aprende, lo que se calla y lo que se repite
Ninguna persona se desarrolla aislada de su entorno. La familia, la comunidad, la escuela, los medios y las instituciones participan en la construcción de ideas sobre el amor, la autoridad, los límites y la pertenencia.
En algunos sistemas familiares se aprende que obedecer es sinónimo de amar. En otros, que expresar desacuerdo es una falta de respeto. En otros, que proteger la reputación familiar importa más que escuchar a quien está sufriendo.
Estas reglas pueden transmitirse de manera explícita o implícita:
«Los problemas de casa no se cuentan».
«Un hombre tiene que imponerse».
«Las mujeres mantienen unida a la familia, pase lo que pase».
«Los hijos deben perdonar porque es su padre».
«Aquí siempre hemos sido así».
Cuando estas creencias protegen al agresor, silencian a la víctima o impiden buscar ayuda, dejan de ser simples costumbres: pueden convertirse en mecanismos de mantenimiento del daño.
Desde una mirada sistémica, podemos explorar cómo se distribuyen los papeles, quién tiene permiso para expresar rabia, quién debe cuidar a los demás, quién es señalado como el problema y qué temas no se pueden mencionar.
Pero es fundamental establecer un límite: un patrón familiar puede ayudar a explicar el contexto; no elimina la responsabilidad individual por la violencia.
No toda dificultad actual proviene de un trauma ancestral. No toda repetición tiene una causa familiar oculta. Y ninguna interpretación sobre lealtades invisibles debe utilizarse para afirmar que una víctima necesitaba vivir el abuso o que debía permanecer en él para resolver una historia familiar.
Los enfoques sistémicos y las constelaciones familiares pueden utilizarse, con cautela, como marcos de exploración simbólica o experiencial. No deben presentarse como pruebas científicas de causas ancestrales ni sustituir la evaluación, la protección o la atención profesional necesaria.
La pregunta que abre una verdadera vuelta de tuerca es esta:
¿Qué aprendí sobre el amor, el poder y los límites, y qué necesito revisar para no seguir reproduciendo lo que me hizo daño?
5. Violencia contra las mujeres y feminicidio: cuando el control se convierte en peligro
La violencia contra las mujeres no puede reducirse a una discusión de pareja ni a una historia de amor que salió mal.
Puede incluir violencia física, sexual y psicológica, amenazas, acoso, aislamiento y conductas de control. El feminicidio —término utilizado para describir determinadas formas de asesinato de mujeres relacionadas con razones de género— representa una de las expresiones más extremas de la violencia contra las mujeres.
La Organización Mundial de la Salud identifica la desigualdad de género, las actitudes que justifican la violencia, el sentido de derecho sobre la pareja y las conductas de control entre los factores relacionados con la violencia de pareja.
Los celos no son una prueba de amor. La vigilancia constante no es protección. Exigir contraseñas, restringir amistades, controlar la ropa, administrar unilateralmente el dinero, amenazar con quitar a los hijos o castigar a alguien por querer terminar una relación no son manifestaciones saludables de intimidad.
No todas las relaciones siguen la misma trayectoria y no toda conducta controladora desemboca en feminicidio. Sin embargo, las amenazas, la escalada de agresiones, el acoso, la persecución y el miedo a la separación merecen atención seria.
También necesitamos reconocer los factores estructurales: la desigualdad económica, la tolerancia social del maltrato, la impunidad, la falta de servicios accesibles y las barreras para recibir protección pueden aumentar la vulnerabilidad.
Preguntar por la historia de un agresor puede ser útil para diseñar prevención y tratamiento. Pero nunca debe desplazar la atención de la persona en riesgo.
La prioridad es la seguridad, la protección, el acceso a recursos y la rendición de cuentas de quien ejerce la violencia.
No es responsabilidad de una mujer encontrar las palabras perfectas para evitar que otra persona la agreda. Tampoco es su obligación curar los traumas de su pareja, demostrar suficiente amor o esperar indefinidamente a que cambie.
6. ¿Por qué algunas personas que sufrieron violencia terminan ejerciéndola?
Algunas personas que vivieron violencia pueden repetir conductas aprendidas; otras desarrollan una oposición firme a cualquier forma de abuso. Muchas tienen experiencias distintas y complejas.
Haber sufrido violencia no convierte automáticamente a alguien en agresor.
La repetición puede estar relacionada, entre otros factores, con modelos de relación aprendidos, dificultades de regulación emocional, creencias que normalizan el control, consumo problemático de sustancias, presión social o ausencia de herramientas para resolver conflictos. Ninguno de estos factores, por sí solo, explica todos los casos ni excusa la conducta.
Una historia dolorosa merece ser escuchada. Pero escucharla no significa concederle permiso para herir.
«A mí me pegaron y por eso yo pego» describe una historia posible; no constituye una justificación.
«Nunca aprendí a expresar la rabia de otra manera» puede ser el comienzo de una comprensión; no es el final de la responsabilidad.
La pregunta adulta es: ¿qué haré ahora con lo que me ocurrió?
Puedo buscar ayuda. Puedo aprender a reconocer mis señales de escalada. Puedo retirarme de una discusión antes de amenazar o agredir. Puedo asumir las consecuencias de mis actos. Puedo aceptar que la persona a quien dañé no está obligada a perdonarme ni a permanecer conmigo.
Romper el ciclo no significa borrar el pasado. Significa impedir que el pasado siga tomando decisiones por medio de nuestra conducta.
7. Salir de una relación violenta no es simplemente «decidir irse»
Decirle a alguien «si es tan malo, vete» parece sencillo cuando no conocemos sus circunstancias.
Salir puede ser difícil y, en determinadas situaciones, peligroso. Puede haber dependencia económica, hijos, amenazas, vigilancia, aislamiento, miedo, discapacidad, barreras migratorias o ausencia de un lugar seguro.
Además, el momento de una separación puede incrementar el riesgo en algunas relaciones violentas. Por eso no es responsable recomendar una confrontación impulsiva o exigir que una persona anuncie sus planes sin evaluar su seguridad.
Apoyar no es presionar. Es escuchar sin juzgar, respetar el ritmo de la persona, ayudarla a identificar opciones y conectarla con servicios especializados.
Si estás viviendo violencia, considera buscar apoyo confidencial de profesionales o servicios especializados en tu zona. Si puedes hacerlo de forma segura, conserva acceso a documentos importantes, contactos de confianza, recursos económicos y un plan de emergencia. Si alguien vigila tu teléfono o tus cuentas, utiliza un dispositivo seguro cuando busques ayuda.
Si existe peligro inmediato, contacta con los servicios de emergencia de tu localidad.
En República Dominicana, la Línea Mujer *212 ofrece orientación y apoyo para mujeres afectadas por violencia y coordinación con los servicios correspondientes. Ante una emergencia inmediata, llama al 911. Comprueba los canales oficiales y las condiciones de atención antes de compartir información sensible.
Acompañar a una persona también significa no convertir su historia en espectáculo, no exigirle detalles, no publicar su identidad sin consentimiento y no utilizar su experiencia como una lección moral para otras personas.
8. ¿Cómo romper el ciclo sin convertirte en aquello que te hirió?
Romper el ciclo no significa dejar de sentir rabia, miedo o dolor. Significa aprender a actuar sin convertir esas emociones en una autorización para controlar o dañar a otra persona.
Puedes empezar con cinco movimientos:
1. Nombrar lo que ocurre.Distingue entre desacuerdo, conflicto, manipulación, intimidación, control y violencia. No necesitas esperar una agresión física para reconocer que algo no es seguro.
2. Separar explicación y justificación.Comprender por qué alguien actúa de determinada manera no obliga a tolerar su conducta.
3. Recuperar límites y apoyos.Un límite describe lo que harás para protegerte; no es una fórmula para controlar al otro. Busca personas y servicios que respeten tu seguridad y autonomía.
4. Aprender formas distintas de responder.Si reconoces en ti conductas de amenaza, humillación, vigilancia o intimidación, busca ayuda profesional especializada y asume responsabilidad. No basta con prometer que no volverá a ocurrir.
5. Medir el cambio por los hechos.Una disculpa puede ser un comienzo, pero no demuestra por sí sola una transformación. El cambio requiere responsabilidad sostenida, respeto a los límites, reparación cuando sea posible y ausencia de represalias.
No confundas poner límites con convertirte en victimario. Decir «no», terminar una relación, denunciar un abuso o proteger tu integridad no es lo mismo que amenazar, perseguir, humillar o ejercer control coercitivo.
Tampoco necesitas volverte frío, vengativo o cruel para dejar de ser vulnerable.
La fuerza no consiste en hacer sufrir al otro lo que tú sufriste. Consiste en negarte a convertir tu dolor en una nueva fuente de daño.
9. Un ejercicio de Vuelta de Tuerca: tres posiciones, tres preguntas
Este ejercicio es una herramienta de reflexión, no una evaluación clínica ni un sustituto de la atención especializada. No lo realices junto a una persona que te intimida si hacerlo puede aumentar el riesgo.
Imagina tres posiciones:
La persona que sufrió el daño: ¿Qué ocurrió? ¿Qué necesito para estar a salvo? ¿Qué apoyo me falta? ¿Qué no fue mi responsabilidad?
La persona que ejerció el daño: ¿Qué hice concretamente? ¿Qué impacto tuvo? ¿Qué excusas utilizo? ¿Qué acciones verificables debo tomar para detener la conducta y asumir las consecuencias?
El testigo adulto: Si pudiera observar la situación sin negar el daño ni justificarlo, ¿qué hechos vería? ¿Qué límites hacen falta? ¿Qué recursos y medidas de protección son necesarios?
El objetivo no es intercambiar culpas ni exigir que la víctima comprenda al agresor. Es recuperar una mirada capaz de reconocer el daño, distinguir responsabilidades y encontrar pasos seguros.
Si el ejercicio activa recuerdos intensos o miedo, detente y busca acompañamiento adecuado.
10. La pregunta que queda
Una familia puede transmitir afecto, protección, valores y recursos. También puede transmitir silencios, desigualdades y formas de relacionarse que normalizan el daño.
Pero ninguna historia familiar determina inevitablemente lo que haremos con nuestra vida.
No elegimos todas las experiencias que nos formaron. Sí podemos, con apoyo y responsabilidad, revisar algunas de las respuestas que aprendimos.
No toda víctima se convierte en victimario. No todo victimario fue víctima. Y no todas las historias pueden comprenderse desde una sola explicación.
La complejidad no debe convertirse en confusión moral.
La violencia puede tener una historia, pero su historia no la convierte en un derecho.
Quizá la verdadera vuelta de tuerca no consista en descubrir quién tiene toda la culpa. Quizá consista en mirar con honestidad quién ejerce el poder, quién está siendo dañado, qué sostiene la dinámica y qué debe cambiar para que el daño no continúe.
Comprender no es absolver. Poner límites no es maltratar. Protegerte no es traicionar a tu familia.
Y romper el ciclo no significa convertirte en quien te hirió.
Significa que tu historia puede explicar parte de tu camino, pero no tiene que escribir cada uno de tus próximos actos.
Recursos y lecturas
Organización Mundial de la Salud, Violence against women: https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/violence-against-women
Ministerio de la Mujer de República Dominicana, *Línea Mujer 212: https://www.mujer.gob.do/index.php/servicios/linea-mujer-212
Artículo relacionado de Yubia Valette: Pertenecer cuesta: víctimas, victimarios y lealtades invisibles en el sistema familiar: https://www.yubiavalette.com/post/pertenecer-cuesta-v%C3%ADctimas-victimarios-y-lealtades-invisibles-en-el-sistema-familiar
Una nota ética
Este artículo es educativo y no sustituye asesoría psicológica, legal ni atención especializada en violencia. Las experiencias de las víctimas son diversas; ninguna explicación sistémica, psicológica o espiritual debe utilizarse para responsabilizarlas del abuso. Las referencias a dinámicas familiares o constelaciones son exploratorias y no constituyen evidencia de causas ancestrales de la violencia.
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Si buscas comprender patrones relacionales, revisar límites o explorar nuevas formas de responder a los conflictos, puedes conocer el trabajo de Yubia Valette y sus recursos de desarrollo humano.
WhatsApp: +1 829-344-1166Web y blog: https://www.yubiavalette.com
Si estás en peligro, prioriza tu seguridad y contacta con los servicios de emergencia o especializados de tu localidad.


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