LA MALA MADRE. Cuando todo no es suficiente.

Son las 11:47 de la noche.
La casa por fin está en silencio.
Recogiste lo que nadie recogió. Contestaste el mensaje del colegio. Recordaste la cita médica. Preguntaste cómo estuvo el día. Trabajaste. Resolviste. Organizaste. Escuchaste un problema que no era tuyo. Pensaste en lo que falta para mañana.
Quizás cocinaste.
Quizás no pudiste y pediste comida.
Quizás hoy tuviste paciencia.
Quizás gritaste cuando habías prometido que no volverías a hacerlo.
Y ahora, cuando finalmente podrías descansar, aparece el verdadero turno de noche de muchas madres:
el juicio.
“No hice suficiente.”
“Debí tener más paciencia.”
“Estoy trabajando demasiado.”
“No estoy trabajando lo suficiente.”
“Mis hijos necesitan más de mí.”
“Tal vez los consentí demasiado.”
“Tal vez fui demasiado dura.”
Y finalmente aparece la sentencia:
“Soy una mala madre.”
Quiero detenerme ahí.
Porque hay una enorme diferencia entre decir:
“Hoy hice algo que no estuvo bien”
y decir:
“Yo soy una mala madre.”
La primera frase habla de una conducta.
Y una conducta puede revisarse, repararse y cambiar.
La segunda convierte un error, un cansancio, una contradicción o una dificultad en una identidad.
Ya no hiciste algo mal.
Ahora tú eres el problema.
Y desde ese lugar comienza una de las prisiones emocionales más silenciosas de la maternidad.
¿Quién decidió cuánto tiene que sacrificarse una mujer para merecer sentirse una buena madre?
Hay una especie de contrato invisible asociado a la maternidad.
Nadie te lo entrega en el hospital.
Pero muchas mujeres lo conocen perfectamente.
Dice algo así:
Una buena madre debe estar disponible.
Debe saber qué les pasa a sus hijos.
Debe anticiparse.
Debe proteger.
Debe escuchar.
Debe poner límites, pero sin traumatizar.
Debe trabajar, pero sin ausentarse demasiado.
Debe estar presente, pero no ser invasiva.
Debe criar hijos independientes, pero estar disponible cada vez que la necesiten.
Debe tener paciencia.
Debe mantenerse emocionalmente regulada.
Debe cuidar la pareja.
Debe recordar cumpleaños, vacunas, medicamentos, uniformes, actividades, citas, necesidades y estados de ánimo.
Y, por supuesto, debería hacerlo con amor.
Preferiblemente sonriendo.
Eso no es maternidad.
Eso es omnipotencia.
Y ninguna persona puede vivir permanentemente desde la omnipotencia sin pagar un precio.
La investigación sobre culpa materna ha encontrado que muchas mujeres describen experiencias relacionadas con ideales culturales sobre lo que una madre “debería” ser, junto con sentimientos de responsabilidad extrema, división entre diferentes demandas y agotamiento.
No toda culpa es mala.
Hay una culpa que puede ser útil.
Es la que dice:
“Esto que hice no corresponde con la madre que quiero ser.”
Esa culpa puede conducir a responsabilidad.
A una conversación.
A una disculpa.
A pedir ayuda.
A modificar una conducta.
Pero existe otra culpa.
La que no pregunta qué ocurrió.
La que sentencia quién eres.
Y esa culpa no educa.
Castiga.
Una cosa es equivocarte como madre. Otra es convertirte en tu propia acusadora.
La maternidad real contiene contradicciones.
Puedes amar profundamente a tus hijos y necesitar que te dejen sola.
Puedes sentir orgullo y desesperación el mismo día.
Puedes extrañar a tus hijos cuando están lejos y querer cinco minutos de silencio cuando están contigo.
Puedes haber deseado profundamente ser madre y, alguna tarde particularmente difícil, preguntarte qué pasó con aquella mujer que eras antes.
Eso no te convierte automáticamente en una mala madre.
Te convierte en una persona.
El problema comienza cuando hemos construido una imagen de la maternidad en la que la ambivalencia está prohibida.
La madre puede estar cansada.
Pero no demasiado.
Puede molestarse.
Pero no demasiado.
Puede querer trabajar.
Pero no demasiado.
Puede querer tiempo para ella.
Pero sin disfrutarlo demasiado, porque entonces aparece otra sospecha:
“¿Y si soy egoísta?”
Así algunas mujeres terminan intentando demostrar su amor a través del agotamiento.
Como si mientras más cansadas estuvieran, más legítima fuera su maternidad.
Como si sufrir certificara el amor.
No.
El sacrificio puede formar parte de amar a alguien. La desaparición de una misma no debería ser la prueba del amor.
Winnicott tenía una noticia incómodamente liberadora: tu hijo no necesita una madre perfecta
Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista británico, desarrolló el concepto de la “madre suficientemente buena”.
Y aunque la expresión puede sonar extraña al principio, contiene una idea profundamente liberadora.
La madre suficientemente buena no es una madre indiferente.
Tampoco es una invitación a descuidar.
Winnicott describía una figura cuidadora que responde intensamente a las necesidades del bebé al comienzo de la vida y que, progresivamente, deja de adaptarse de manera perfecta a cada necesidad conforme el niño adquiere mayor capacidad para enfrentar pequeñas frustraciones y encontrarse con la realidad.
Es decir:
el desarrollo saludable no exige perfección mecánica.
Exige suficiente seguridad.
Suficiente presencia.
Suficiente cuidado.
Y también espacio para crecer.
Esta idea puede resultar revolucionaria para una madre contemporánea.
Porque significa que tu hijo no necesita que evites cada frustración.
No necesita que soluciones todas sus dificultades.
No necesita ganar siempre.
No necesita estar de acuerdo contigo para sentirse amado.
Y tampoco necesita una madre que jamás se equivoque.
Necesita algo mucho más humano:
una relación en la que también exista la posibilidad de reparar.
La reparación puede ser más importante que la fantasía de perfección
Hay madres que creen que pedir perdón les quita autoridad.
Yo pienso que hay momentos en que ocurre exactamente lo contrario.
Imagina decir:
“Te hablé de una forma que no correspondía.”
“Estaba muy molesta, pero eso no justificaba lo que dije.”
“Quise ayudarte y terminé controlándote.”
“Te involucré en un problema que correspondía a los adultos.”
“Me asustaba tanto que algo te sucediera que no te permití hacer cosas que ya podías hacer.”
“Esto no fue tu responsabilidad.”
Eso no te hace menos madre.
Te hace una adulta capaz de responsabilizarse.
Pero atención:
reparar no es pedir perdón todos los domingos y repetir la misma conducta todos los lunes.
Una reparación verdadera implica reconocimiento y cambio.
El perfeccionismo también puede entrar a la casa disfrazado de amor
No todas las madres perfeccionistas quieren una casa impecable.
Algunas quieren hijos impecables.
Una crianza impecable.
Una relación impecable.
Una historia familiar sin heridas.
Quieren nunca gritar.
Nunca equivocarse.
Nunca perder la paciencia.
Nunca tomar una decisión que un hijo cuestione veinte años después.
Pero criar a otro ser humano desde esa exigencia puede convertirse en una fuente permanente de ansiedad.
Una revisión sistemática y metaanálisis de 14 estudios encontró una asociación moderada entre perfeccionismo —particularmente las preocupaciones perfeccionistas— y dificultades comunes de salud mental materna durante el periodo perinatal. Los investigadores también advierten las limitaciones metodológicas de los estudios y que una asociación no demuestra por sí misma causalidad.
Esto merece una pregunta incómoda:
¿Quieres criar de una manera suficientemente buena o necesitas demostrarte continuamente que nunca te equivocas?
Porque no es lo mismo.
En el primer caso puedes aprender.
En el segundo, cualquier error amenaza tu identidad.
Y hay algo que la culpa suele esconder: el agotamiento
Hay madres que no necesitan otro consejo de Instagram.
Necesitan dormir.
Necesitan apoyo.
Necesitan dinero suficiente.
Necesitan una pareja que ejerza la coparentalidad y no “ayude” como si los hijos fueran responsabilidad exclusiva de ella.
Necesitan red familiar.
Necesitan atención psicológica cuando están desbordadas.
Necesitan un espacio donde no sean solamente la persona que resuelve.
El burnout parental es un fenómeno estudiado en la literatura científica y no se reduce simplemente a “estar cansada”.
Una revisión sistemática publicada en BMC Public Health identificó múltiples factores relacionados con el burnout parental, incluyendo elementos individuales, familiares, relacionales y sociales.
Otro estudio, realizado con más de 17,000 madres y padres de 42 países, encontró importantes diferencias culturales y una asociación entre mayor individualismo cultural y mayores niveles de burnout parental.
Dicho en lenguaje cotidiano:
a veces una madre está intentando sostener con dos manos lo que debería sostener un sistema entero.
Y entonces se acusa por estar cansada.
Pero comprender a las madres no significa justificarlo todo
Aquí quiero hacer una pausa importante.
Porque tampoco quiero construir otro extremo peligroso:
“Las madres hacen lo mejor que pueden, así que los hijos no tienen derecho a reclamar nada.”
No.
Hay madres que dañan.
Madres que humillan.
Madres que manipulan.
Madres que utilizan la culpa.
Madres que invaden.
Madres que triangulan a sus hijos dentro de los conflictos de pareja.
Madres que exigen lealtades imposibles.
Madres emocionalmente ausentes.
Madres que no respetan límites.
Y también existen situaciones de negligencia y violencia que necesitan ser nombradas y atendidas.
Ser madre no transforma automáticamente todas tus conductas en actos de amor.
Y aquí necesitamos una mirada adulta, capaz de sostener dos verdades al mismo tiempo:
Una madre puede haber hecho lo mejor que pudo con los recursos que tenía y aun así haber causado heridas.
Comprender su historia no elimina el impacto de sus actos.
Y reconocer el daño tampoco obliga a convertirla en un monstruo.
La madurez psicológica muchas veces comienza cuando podemos abandonar los veredictos absolutos.
Caso de consulta: la madre que había hecho “todo”
Una mujer llegó a consulta profundamente dolida porque consideraba que su hijo adulto era ingrato.
Había hecho mucho por él.
Había pagado estudios.
Lo había acompañado en momentos difíciles.
Lo ayudaba económicamente.
Lo llamaba con frecuencia.
Sabía cuándo tenía problemas con su pareja.
Le recordaba asuntos importantes.
Se anticipaba a dificultades que él todavía no había visto.
Ella llamaba a todo aquello:
amor.
Su hijo utilizaba otra palabra:
asfixia.
Al principio, para ella era incomprensible.
“Después de todo lo que he hecho por él…”
Y ahí apareció una frase que merecía ser observada.
Después de todo lo que he hecho por ti.
Cuando comenzamos a mirar la dinámica con más profundidad apareció algo más complejo.
Durante décadas, gran parte de la identidad de aquella mujer había estado construida alrededor de ser necesaria.
Necesaria para sus hijos.
Necesaria para su pareja.
Necesaria para su familia.
Resolver era su forma de amar.
Pero también era su manera de saber quién era.
Cuando su hijo comenzó a separarse y a tomar decisiones sin consultarla, ella no experimentó solamente la independencia natural de un hijo adulto.
Experimentó una pérdida.
Si él ya no necesitaba que ella resolviera…
¿quién era ella ahora?
Entonces aparecieron preguntas incómodas:
¿Ayudar siempre era ayudar?
¿O algunas veces era impedir que el otro resolviera?
¿Qué ocurría dentro de ella cuando su hijo tomaba una decisión que no le gustaba?
¿Por qué necesitaba conocer tantos detalles?
¿Qué sentiría si él cometía un error que ella habría podido evitar?
Y finalmente:
¿podía seguir siendo su madre sin ser imprescindible?
El cambio no ocurrió de un día para otro.
Hubo resistencia.
Hubo miedo.
Hubo enojo.
Comenzó reduciendo algunas llamadas.
Dejó de anticiparse a ciertos problemas.
Permitió que su hijo resolviera asuntos que antes ella habría asumido inmediatamente.
Y comenzó a recuperar espacios propios que había abandonado durante años.
La relación no se convirtió mágicamente en perfecta.
Incluso atravesaron nuevos momentos de tensión.
Porque cuando una persona modifica su lugar dentro de una familia, el sistema necesita reorganizarse.
Pero apareció algo que antes casi no existía:
espacio.
Espacio para que un hijo fuera adulto.
Y espacio para que una madre volviera a preguntarse quién era además de mamá.
Este relato combina elementos modificados de diferentes experiencias clínicas y se presenta únicamente con fines educativos. No permite identificar a ninguna persona.
Desde una mirada sistémica: tú no comenzaste a ser madre cuando nació tu primer hijo
Llegaste a la maternidad con una historia.
Llegaste con una madre.
Con un padre.
Con abuelas.
Con silencios.
Con pérdidas.
Con mandatos.
Con aquello que recibiste.
Y también con aquello que juraste que jamás repetirías.
Quizá creciste viendo mujeres que nunca descansaban.
Quizá aprendiste que una buena madre sacrifica todo.
Tal vez escuchaste:
“Primero están los hijos.”
“Una madre aguanta.”
“Una madre perdona.”
“Los hijos son de la madre.”
“Cuando tengas hijos entenderás.”
Quizás tu propia madre estuvo emocionalmente ausente.
Y prometiste:
“Con mis hijos será diferente.”
Pero a veces corremos tan lejos de un extremo que terminamos construyendo el opuesto.
La hija que vivió ausencia puede convertirse en una madre que no deja ningún espacio.
La hija que no fue protegida puede intentar proteger de todo.
La hija que nunca fue escuchada puede querer conocer absolutamente todo de sus hijos.
No porque sea “mala”.
Porque tiene una historia.
Desde la terapia familiar sistémica no preguntamos solamente:
“¿Qué hace esta madre?”
También preguntamos:
“¿Qué función cumple esta conducta en el sistema?”
¿Quién pone los límites?
¿Quién rescata?
¿Quién queda fuera?
¿Quién carga con todos?
¿Quién puede crecer?
¿Quién no puede separarse?
¿Quién se siente responsable de la felicidad de todos?
No buscamos un culpable.
Buscamos comprender la danza.
Porque cuando comprendemos la danza, podemos empezar a cambiar los pasos.
La mirada consteladora: ¿qué parte de tu maternidad también pertenece a tu historia?
Quiero diferenciar claramente los niveles.
Las constelaciones familiares pueden utilizarse como un enfoque fenomenológico, simbólico o experiencial para observar posiciones, vínculos y narrativas dentro de un sistema familiar.
No deben presentarse como prueba científica de que un ancestro causa un problema actual, ni sustituyen la psicoterapia, la psiquiatría o la atención médica.
Desde esta mirada podemos explorar preguntas poderosas:
¿Estoy intentando darle a mi hijo lo que yo necesitaba recibir?
¿Estoy criando a mi hijo o intentando reparar mi infancia a través de él?
¿Puedo verlo como una persona diferente de mí?
¿Me permito ser solamente su madre o necesito ser también su salvadora, amiga, confidente y protectora absoluta?
¿Puedo mirar a mi propia madre como una mujer humana sin negar aquello que me dolió?
A veces ayuda una imagen simbólica:
Mirar internamente a mamá y reconocer:
“Tú eres mi madre y yo soy tu hija. Hay cosas que recibí y otras que me faltaron. No necesito negar ninguna de las dos. Puedo tomar mi vida y construir algo diferente con ella.”
No es magia.
No cambia los acontecimientos históricos.
Pero puede convertirse en una forma simbólica de reorganizar una conversación interna.
Hay otra persona que merece espacio en esta conversación: el hijo adulto
Tus hijos pueden amarte y tener cosas que reclamarte.
Pueden agradecerte y necesitar distancia.
Pueden comprender tu historia y decidir que no quieren repetir determinadas dinámicas.
Pueden construir una maternidad o una paternidad diferente a la tuya.
Y eso no significa automáticamente que fracasaste.
Esta parte duele.
Porque algunos padres viven las elecciones diferentes de sus hijos como una descalificación personal.
“¿Entonces todo lo hice mal?”
No.
No necesariamente.
Quizá tu hijo simplemente está haciendo algo profundamente humano:
construir su propia forma de vivir.
El amor adulto necesita soportar esa diferenciación.
¿Estás cuidando o estás evitando sentir miedo?
Esta puede ser una de las preguntas más difíciles.
Porque muchas conductas de control comenzaron alguna vez como intentos legítimos de proteger.
Pero un hijo necesita protección y también necesita desarrollar capacidad.
Necesita saber que puede acudir a ti.
Y también descubrir que puede resolver.
Necesita límites.
Y oportunidades de equivocarse.
Necesita pertenecer a una familia.
Y saber que no le debe su vida a esa familia.
Pregúntate:
¿Estoy ayudando porque realmente necesita ayuda?
¿O porque me cuesta verlo frustrado?
¿Estoy aconsejando porque me preguntó?
¿O porque necesito evitar que tome una decisión diferente a la mía?
¿Estoy acompañando?
¿O estoy conduciendo su vida?
¿Estoy poniendo un límite necesario?
¿O intentando recuperar control?
Son preguntas.
No condenas.
EJERCICIO: El mapa de la madre imposible
Quiero proponerte algo.
No necesitas hacerlo ahora mismo.
Pero si este artículo te está tocando, guárdalo y vuelve con papel y lápiz.
Divide una página en seis partes.
1. Lo que creo que una “buena madre” debería hacer
Escribe todas las reglas.
Sin corregirte.
Por ejemplo:
Estar siempre disponible.
No gritar nunca.
Mantener la familia unida.
Resolver los problemas.
Saber cuando algo anda mal.
Ayudar económicamente.
Hacer felices a mis hijos.
Evitar que sufran.
Ahora míralas.
2. ¿De dónde aprendí esta regla?
Pregúntate:
¿De mi madre?
¿De mi padre?
¿De mi familia?
¿De mi cultura?
¿De mi religión?
¿De las redes sociales?
¿De una experiencia dolorosa de mi infancia?
¿De mi miedo?
3. ¿Qué necesita realmente mi hijo en esta etapa?
No aquello que calma tu ansiedad.
Aquello que favorece su momento de desarrollo.
Un bebé no necesita lo mismo que un adolescente.
Un adolescente no necesita lo mismo que un hijo de 35 años.
El amor también necesita actualizarse.
4. ¿Qué sí me corresponde?
Cuidar.
Escuchar.
Proteger cuando corresponde.
Poner límites.
Enseñar.
Respetar.
Responsabilizarme.
Reparar.
5. ¿Qué no me corresponde?
Vivir su vida.
Evitarle todas las consecuencias.
Garantizar su felicidad.
Tomar todas sus decisiones.
Evitar que alguien lo rechace.
Resolver permanentemente sus problemas económicos.
Convertirme en árbitro de su relación de pareja.
Ser indispensable para siempre.
6. ¿Qué conducta concreta necesito cambiar?
Aquí viene una parte fundamental.
No escribas:
“Necesito ser mejor madre.”
Eso es demasiado abstracto.
Escribe:
“Cuando esté muy alterada voy a detener una conversación antes de gritar.”
“Voy a dejar de preguntarle detalles que mi hijo adulto no quiere compartir.”
“Voy a pedir ayuda con tareas que he asumido sola.”
“Voy a disculparme por aquella conversación sin justificarme.”
“Voy a permitir que resuelva este problema sin intervenir.”
“Voy a recuperar una actividad que es solamente mía.”
La transformación necesita convertirse en conducta.
Quizá “¿soy una buena madre?” sea la pregunta equivocada
Tal vez necesitamos abandonar el tribunal.
La buena.
La mala.
La sacrificada.
La egoísta.
La perfecta.
La culpable.
Y empezar a hacernos mejores preguntas.
¿Qué necesita mi hijo de mí en esta etapa?
¿Qué parte de mi manera de criar nace del amor y cuál nace del miedo?
¿Dónde necesito poner un límite?
¿Dónde necesito pedir perdón?
¿Dónde estoy haciendo por otro algo que ya puede hacer por sí mismo?
¿Qué responsabilidad estoy cargando que pertenece a otra persona?
¿Qué parte de mi historia con mi madre se activa en mi relación con mis hijos?
Y una que considero fundamental:
¿Quién soy yo, además de mamá?
Porque tus hijos necesitan una madre.
No necesariamente una mujer desaparecida detrás de ellos.
Una madre puede amar profundamente y aun así necesitar cambiar
Eso también es importante decirlo.
Amar no nos vuelve automáticamente conscientes.
Hay personas que aman y controlan.
Que aman y gritan.
Que aman y sobreprotegen.
Que aman y manipulan.
Que aman y cometen errores.
Por eso decir:
“Todo lo hice por amor”
no necesariamente termina una conversación.
A veces apenas la comienza.
La pregunta siguiente es:
¿Cómo llegó ese amor al otro?
Porque la intención importa.
Pero el impacto también.
La alquimia de la maternidad no consiste en convertirse en perfecta
Consiste en poder mirarte sin idealizarte y sin destruirte.
Reconocer lo que hiciste bien.
Reconocer lo que no.
Agradecer lo que recibiste.
Nombrar lo que faltó.
Reparar lo reparable.
Aceptar aquello que ya no puedes modificar.
Poner límites donde antes había sacrificio.
Soltar donde antes había control.
Pedir ayuda donde antes había omnipotencia.
Y recuperar a la mujer que continúa existiendo detrás de la palabra mamá.
Quizás eso sea suficiente.
No suficiente como resignación.
Sino suficiente como verdad humana.
Si este artículo te dolió un poco, quizá encontró algo que necesita ser mirado
Puede ser tu relación con tus hijos.
Puede ser la culpa que cargas.
Puede ser el agotamiento.
Puede ser tu dificultad para poner límites.
Puede ser una relación complicada con tu propia madre.
Puede ser el miedo de repetir una historia.
O puede ser una pregunta que todavía no sabes formular.
No necesitas llegar a consulta sabiendo exactamente qué sucede.
Para eso también sirve un proceso terapéutico:
para mirar.
Ordenar.
Comprender.
Diferenciar.
Y decidir qué hacer con aquello que descubres.
En consulta integro mi formación en psicología clínica, terapia familiar sistémica, procesos individuales, pareja y familia, incorporando cuando resulta pertinente una mirada experiencial y consteladora dentro de límites profesionales responsables.
No trabajamos para fabricar madres perfectas.
Trabajamos para construir relaciones más conscientes.
Si quieres trabajar tu historia, agenda una consulta conmigo.
WhatsApp: 829-344-1166
Para continuar esta conversación
🎧 Pódcast recomendado
Good Inside with Dr. Becky — “Never Off Duty: Perfectionism and Motherhood”
En este episodio, la psicóloga Becky Kennedy conversa con la terapeuta Cassidy Freitas sobre cómo el perfeccionismo puede desarrollarse desde etapas tempranas y cómo choca posteriormente con las demandas impredecibles de la maternidad.
Te lo recomiendo porque complementa una de las ideas centrales de este artículo:
la maternidad real no permite controlar todas las variables y, precisamente por eso, obliga a negociar con nuestra necesidad de hacerlo perfectamente.
También puedes leer en mi blog
“Cuando la casa se vacía y el alma despierta: edad, duelo, nido vacío y el arte de volver a vivir”
Para aquellas madres que, cuando sus hijos empiezan a construir su propia vida, descubren una pregunta inesperada:
“¿Y ahora quién soy yo?”
También:
“Tú eres mío: Minuchin, suegras invasivas, límites rotos y la violencia que nace cuando una familia no suelta”
Una lectura sobre límites familiares, diferenciación, pareja y lo que sucede cuando el amor comienza a confundirse con posesión.
Y si quieres conocer más sobre mi mirada sistémica y consteladora:
“Constelaciones Familiares para Dummies”.
Para llevarte hoy
No necesitas responder:
“¿Fui una buena madre o una mala madre?”
Quizá necesitas preguntarte:
“¿Qué puedo comprender, qué necesito reparar, qué debo soltar y cómo quiero relacionarme a partir de ahora?”
Porque una madre no cambia su historia fingiendo que todo estuvo bien.
Tampoco la cambia condenándose para siempre por aquello que no supo hacer.
La cambia cuando puede mirar.
Y aquello que finalmente podemos mirar con conciencia deja de gobernarnos de la misma manera.
Esa también es alquimia.
Yubia ValettePsicóloga clínica · Terapeuta familiar sistémica · Consteladora · Creadora del Método GIROSConsultas: 829-344-1166




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